La demagogia (o el arte de mentir en la política)

La palabra demagogia está de moda, pero se utiliza mal. He notado un especial incremento de su uso en la televisión en general y en particular en los programas que se nutren del cotilleo obsceno y de las noticias insustanciales.

Que los compañeros de tertulia acusen de hacer demagogia a la ignorante y chabacana exnovia de un popular extorero que, por puro despecho, se dedica a lanzar exabruptos contra la familia de su hija bastarda, eso no es demagogia por más que con su grosera oratoria consiga el aplauso del público ávido de carnaza. Calificarla de demagoga demuestra que sus colegas de programa son, por lo menos, tan incultos como ella.

Lo que he contado es sólo un ejemplo de uso inadecuado de la palabra, porque en las dos acepciones que el término tiene su uso está restringido exclusivamente al ámbito de la política. Si el discurso populista y oportunista no lo hace un político, entonces deja de ser demagogia y se convierte simplemente en mentira o quizá, a veces, en proselitismo.

Porque demagogia es otra cosa: Demagogia es una práctica política como las que se realizan en campañas electorales prometiendo cosas que saben que luego no van a cumplir, pero que a pesar de todo se empeñan en garantizar (¿les suena esto de algo?). Demagogia hizo el político que afirmaba ver brotes verdes en nuestra economía cuando la crisis estaba apenas empezando. Garantizar desde el Gobierno que España saldrá de la crisis en tal o cual plazo sin explicar cómo ni por qué y sin aportar datos objetivos es también demagogia. Porque hacer demagogia es, simple y llanamente mentir, pero no son mentiras normales, son enormes y abyectas mentiras que se lanzan sin pudor y desde la tribuna política.

La demagogia manipula la opinión pública y los sentimientos de la gente con promesas infundadas, para utilizarla con fines políticos y electoralistas, cuando no partidistas e incluso personales. Por eso, el ejemplo más claro de demagogia actual es quizá la que ejerce el presidente venezolano con sus constantes apariciones en los medios de comunicación, con su oratoria burda y soez, con su uso de la retórica grosera y su propaganda proselitista, con sus discursos en los que utilizando argumentos falaces su principal objetivo es halagar y complacer con palabrería al pueblo para obtener sus favores, con su incesante perorata vacía de contenido pero que impide a los demás expresarse por más que se le pida que se calle. Es más que demagogia, es populismo en estado puro.

Es, quizá, este excesivo ejercicio de demagogia el que ha hecho que la clase política tenga, cada vez más, tan mala prensa. “La demagogia es la capacidad de vestir las ideas menores con la palabras mayores” explicaba Abraham Lincoln, demasiado suave es esta definición si tenemos en cuenta de qué ideas se trata y quiénes las expresan. Por algo tanto Platón como Aristóteles consideraban la demagogia como la corrupción de la democracia.

No es fácil hacer demagogia, para ello es necesario conocer la retórica y la propaganda, es necesario saber mentir ante las multitudes y no tener escrúpulos por hacerlo, y se precisan altos niveles de sirvengonzonería y corrupción. Así que no apliquemos el calificativo demagogo a quienes no se lo merecen, porque si los medios de comunicación lo utilizan para explicar que un don nadie miente, estamos minimizando la enorme gravedad que esta palabra encierra cuando se le aplica a quien verdaderamente corresponde: al político corrupto.

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