Los hombres son siempre los malos

Lo que prima es ser políticamente correcto, por eso, la Administración pública aplica a ultranza el lenguaje no-sexista, aunque sea a costa de destrozar el idioma. Siguiendo esta criterio, con el beneplácito de los políticos y la aquiescencia de los sindicatos, las distintas Administraciones han emitido normas de uso de formas no-sexistas en el lenguaje administrativo, para evitar la discriminación por causas del género en el lenguaje burocrático.

Cada vez que preparo un informe me resulta muy molesto tener que ceñirme a los reglamentos que me impone la Administración para la redacción de documentos oficiales. No sólo por vagancia, ya que me obliga a escribir más palabras de las necesarias, haciendo el lenguaje mucho más redundante de lo que ya es, sino también porque creo que estos imperativos lingüísticos van en contra de mi derecho a la libertad de expresión obligándome a escribir algo de una manera que, quizá, no deseo hacer, porque cambiar una signo puede alterar totalmente el sentido de una frase.

De hecho no hago caso de tales normas, porque bastante mala es mi prosa como para utilizar palabros que aumentarán aun más mi enrevesada forma de redactar. Por otra parte, no creo que obviar dichas normas pueda ser objeto de expediente disciplinario ya que en ellas veo un excesivo ejercicio de poder burocrático en el sentido más antiweberiano del término.

Lo expuesto no es más que mi opinión, que espero sea respetada de la misma forma que yo respeto la de mis compañeros/as que sí cumplen con la normativa sobre el lenguaje no sexista. Pero, ¿la cumplen de verdad? (y me estoy refiriendo a presentar siempre a ambos sexos en toda manifestación lingüística). La respuesta es no.

En los medios de comunicación, incluyendo también los públicos (o especialmente en estos), en muchas ocasiones se hace caso omiso de estas disparatadas normas seudo-lingüísticas que pretende igualar los sexos. Esto sucede especielmente cuando se informa de manera generalizada sobre noticias luctuosas, funestas o delictivas… en realidad cuando lo que se narra tiene connotaciones negativas.

Si la noticia va de catástrofes, suele haber muertos (y no muertas). Si se trata de accidentes, por ejemplo de tráfico con víctimas mortales, se informa de que ha habido un determinado número de muertos y no de muertas (asimismo, en los informes que emite la Dirección General de Tráfico relativa a los accidentes del fin de semana o de alguna operación retorno o salida se habla solamente de muertos). Pareciera que las mujeres son indemnes a los accidentes (y esto es indefectiblemente así, salvo que se detalle quiénes han sido las víctimas).

Cuando hay un robo, en los medios de comuniación se menciona únicamente a los presuntos ladrones, pero no a las ladronas (sean presuntas o no) aunque estas formen parte de la banda de delincuentes (o “delincuentas”).

En las televisiones, públicas y privadas, cuando se informa sobre terrorismo y no se personaliza, se habla de “los terroristas” pero no se dice nada de  “las terroristas”, que también las hay y muy sádicas.

En las noticias se habla —entre otros muchos personajes— de asesinos, ladrones, bandidos, estafadores, matones, agresores, asaltantes… pero no se mencionan sus correspondientes femeninos.

Incluso al informar de sucesos más leves se habla, por ejemplo, de revoltosos, pendencieros, escandalosos, bulliciosos, infractores, vagabundos, enmascarados… y también se omite a las féminas.

Y así los hombres aparecemos siempre como seres perversos y malignos, como los causantes de toda maldad humana, mientras que las mujeres se presentan como las sufridoras.

Pareciera que para ser políticamente correcto en materia de igualdad en el lenguaje no bastara con expresar los masculinos y los femeninos, sino que el femenino hay que evitarlo expresamente cuando aquello de lo que se escribe o informa tiene algo de negativo.

¿Se trata de un simple error?

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