El lenguaje asexuado en la política

Ya lo dije en el post en el que justificaba la creación de este blog: los políticos mienten como bellacos. No podemos negar que suelen hacerlo con respeto y educación, pero solo  cuando están de cara al público, porque cuando creen que no les oye nadie nos insultan descaradamente y hasta nos mandan a jodernos.

Así, desde sus tribunas públicas que pagamos entre todos, los políticos ponen buena cara y se dirigen correctamente a todos los españoles para lanzarnos sus demagógicas promesas y sus abyectas mentiras, creyéndose que nos las vamos a tragar.

Además, son “políticamente correctos” (expresión tan contradictoria como la “hamburguesa vegetal”) hasta el punto de cumplir milimétricamente con los principios de igualdad en el lenguaje, por eso, para dirigirse a todos los españoles utilizan los adjetivos “ciudadanos y ciudadanas”, y también, para acortar el discurso, usan la palabra que expresa la cualidad de ser ciudadano, es decir, “ciudadanía”, que por cierto es un nombre femenino.

Creo haber dicho alguna vez en este blog que a mi eso de utilizar palabros que intenten evitar el predominio de lo masculino sobre lo femenino me parece una gilipollez, por muchas razones que me da pereza volver a escribir, pero quiero recordar a estos genios del lenguaje asexuado, que se olvidan de que en el idioma castellano el género gramatical no sólo contempla dos formas sino que existe un total de seis: masculino, femenino, neutro, común, ambiguo y epiceno.

“Ciudadanía” es un lexema muy utilizado en épocas de elecciones, que es casi siempre, porque entre las campañas, las precampañas y las elecciones propiamente dichas, multiplicado por las distintas Administraciones, y a su vez multiplicado por las diferentes Autonomías, es raro que pase mucho tiempo sin que los políticos nos expliquen con descaradas falacias lo bien que lo van a hacer si les votamos.

Pero “ciudadanía” no comprende a todos los españoles (y españolas), sólo incluye a los ciudadanos y a las ciudadanas, es decir, a las personas que viven en las ciudades, y excluye a los rústicos y a las rústicas, o sea, a los que viven en el campo.

¿Acaso los labriegos y labriegas, campesinos y campesinas, labradores y labradoras, aldeanos y aldeanas, pueblerinos y pueblerinas, pastores y pastoras, lugareños y lugareñas… no merecen el honor de ser engañados por los políticos y “políticas”? Es muy injusta esta omisión, aunque quizá los habitantes del campo, muy ladinos ellos, no se quejan porque prefieren hacer oídos sordos a los deleznables discursos electorales.

Pero por mor de la Constitución española, todos somos iguales y nadie debe ser excluido, tampoco del discurso político, por eso, desde aquí reivindico para el uso de la clase política una palabra que incluye a todas las personas de un mismo país, sin discriminación por el lugar de residencia y sin distinción de géneros (ni de sexos). Me refiero al lexema “paisanaje”, magnífica palabra del diccionario que comprende a todos los paisanos y paisanas de España.

¿A todos? La respuesta a esta cuestión en futuros post (si me acuerdo).

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